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Sigo respirando


© Chary Ca

© Ilustración de la portada: È Finita Ediciones

© Maquetación: È Finita Ediciones

© Corrección: È Finita Ediciones

Obra registrada en Safe Creative

Código: 1712035004289

Licencia: Todos los derechos reservados

Segunda edición: diciembre 2017

Queda prohibido reproducir el contenido de este texto, total o parcialmente, por cualquier medio analógico y digital, sin permiso expreso de su autora con la Ley de Derechos de Autor.


Dedicado a todas las personas

que viven la Navidad

intensamente y que se reúnen

con sus seres queridos.

Para que durante estos días el

espíritu de la Navidad nos contagie.



Por fin acabo mi guardia, ¡Dios que larga se me ha hecho! Pasar esta noche sin Amanda y los niños ha sido una verdadera putada.

Además, es Nochebuena, la noche más jodida para estar de guardia.

Hoy hemos tenido de todo; borrachos, accidentes, intento de suicidio… y hasta nos han llamado pidiendo nuestra presencia en una pelea familiar que comenzó por si era mejor beber Cava o Champagne.

Y aquí estoy, perdiéndome la primera navidad con Manuel y encima patrullando solo, sin Maribel y sin Sam. Aún no entiendo por qué ha tenido que hacerse cucaracho. Bueno, sí lo entiendo, la rubia lo trastornó.

Siempre me hago la misma pregunta, ¿qué hubiera pasado si su elección hubiera sido Maribel?

Mientras me cambio no dejo de pensar en Amanda, sé que cuando llegue la encontraré dormida. Mi mariposa últimamente está exhausta, Irene es un verdadero terremoto, no para quieta un instante; habla, canta, baila y entre medias hace alguna trastada. Creo sinceramente que ha sacado mucho de mí. Y Manuel, con solo tres meses, no para de comer y llorar, así que últimamente nuestras sesiones de amor y sexo se han convertido en un; «Amor, pásame el biberón. Cariño, ¿dónde están los pañales?»

Monto en el coche y conecto la radio, conduzco mientras escucho un programa típico de estas fechas. Le dedico mi atención cuando la canción que suena en la radio trae a mi mente un recuerdo intenso con mi hermano Manuel.

No puedo evitar sonreír al recordar las borracheras del quince que junto a Sam nos pillábamos, cómo desfasábamos bailando esta canción de Seguridad Social, Come Ranas.

¡Joder!, me doy cuenta de cómo lo extraño, de lo solo que su partida me dejó, ojalá estuviera aquí, viendo a Hugo crecer, jugando con sus sobrinos. Que diferente sería todo si él aún estuviera aquí. No quiero ponerme triste, hoy no, sé que él siempre estará conmigo, que vive en cada uno de nuestros corazones y que eso nada ni nadie lo cambiará.

Noto mi corazón acelerar, una sonrisa enamorada se escapa de mis labios mientras a mis oídos llegan los primeros acordes de esa canción que marcó nuestras vidas. La tarareo y viene a mi memoria aquel mágico momento en el que la vi bailar en medio de la pista y sin pensarlo dos veces, me armé de valor y me lancé hacia a ella temeroso, pero seguro de lo que quería. Sabía que quería oxígeno para respirar y ella era ese oxígeno. Por eso cuando la apreté hacia mí cogido de su cintura lo supe, supe que ese era mi lugar en el mundo. El lugar que siempre había esperado. Ella era la playa donde mi corazón se quedaría varado, allí en su arena, para siempre, no dejaría que tempestades me llevaran de allí.

Entro en casa con los regalos que he recogido del trastero. Al llegar al comedor me llevo una sorpresa, Amanda me lo había explicado, pero no lo imaginaba así. En el centro de la sala encuentro una enorme flor roja con unos pétalos largos que recorren el suelo. Tal y como me dijo, cojo los paquetes y los meto escondidos debajo de los pétalos. Todos menos uno, uno muy especial que guardo conmigo.

Me dirijo a la cocina, todo está recogido y en su lugar, miro la hora, son las cinco, hora del biberón de Manuel, lo preparo y me encamino hacia su cuarto.

Al entrar enciendo la luz tenue que da una pequeña lamparita, me asomo a su cuna y allí encuentro a mi pequeño, moviéndose, es un reloj y su hora de tomar se acerca.

Lo tomo entre mis brazos, un mundo de sensaciones y sentimientos acuden a mí. Recuerdo lo que mi hermano me decía; «Da, coger a tu hijo en brazos es un orgullo y una ternura infinita. El día que lo coges por primera vez sabes que tu vida ha cambiado para siempre». Y qué razón tenía, además, Manuel es más especial todavía, genéticamente es la reencarnación de mi hermano. Y eso me hace sentir orgulloso.

Mientras le doy el biberón, acerco mi nariz a la tierna cabecita y aspiro ese olor a vida, a ternura, a necesidad. Sin darme cuenta comienzo a tararear una nana, mientras sentado en la mecedora mi hijo toma su alimento y yo me alimento de él.

Dejo a Manuel en su cuna, dormidito y en silencio me acerco a la habitación de Irene. Ahí está mi princesa, mi terremoto, dormida plácida mientras se abraza a su osito Tedy, soñando con la mañana mágica del día de Navidad. Me enternece verla, es tan viva, tan vital que llena cada estancia donde se encuentra.

Me gusta cuando estoy en el sofá leyendo y entra corriendo con sus dos coletas y aterriza encima mío. Yo me hago el enfadado y entonces ella me come a besos y me pide perdón. Los dos sabemos que solo hay una manera posible de conceder el perdón. Ella sonríe y entonces llamamos al Juez de las cosquillas. Acabamos los dos rodando por la alfombra hasta que yo finjo mi derrota y ella sonríe victoriosa. Después, como ganadora de la batalla, elige juego y me toca ser su invitado para tomar el té con Tedy y la Señora Araña Patas Largas. Es incansable. Pero la adoro, me conquistó desde la primera vez que la vi y como dice Amanda, me tiene pillado y bien pillado. Más vale que encuentre una poción mágica para que no se haga mayor porque sé que lo pasaré muy mal cuando algún pagafantas se acerque a ella.

Me agacho y le doy un tierno beso en su frente.

—Te quiero —le susurro y ella se medio mueve como si me hubiera reconocido.

Salgo de la habitación, paso por el baño y me ducho, no quiero meterme en la cama sin ducharme y sentirme un hombre nuevo.

Al salir de la ducha, me enrollo una toalla en la cintura y entro en la habitación. Dejo el regalo encima de la mesita, prendo unas velas y la contemplo. Ahí está ella, dormida, al verla siento lo mismo que sentí la primera vez. Noto mi corazón acelerarse y sé que la amo con locura, ella es la mujer de mi vida, gracias a ella respiro y ella, solo ella, me hizo el regalo más maravilloso que una mujer puede conceder a un hombre enamorado. Me hizo padre de sus hijos. Siento que no viviré lo suficiente como para agradecerle todo lo que hace por mí.

Soy consciente de que en el día a día, muchas veces, no le hago sentir todo lo que debería, mis celos y mi sobreprotección llegan a ser agobiantes, lo sé, pero por mucho que lo intento no puedo evitarlo, me obsesiona perderla, es algo que intento controlar pero no lo consigo.

Su piel me llama, su respiración me incita y un gemidito de gusto que se escapa entre sus labios me hace sentir que deseo hacerla mía, volverle a demostrar que la amo, que mi amor por ella va más allá de lo explicable.

Me acerco con cuidado, la destapo y mis labios comienzan un camino ascendente desde su tobillo hacia el centro de su placer, de mi locura. La beso suave mientras ella excitada y adormilada se mueve, gime despacio y oigo su respiración como se acelera. Eso me excita más aún y noto a mi miembro derramar lágrimas por ella.

Sigo el ascenso mientras mi lengua acaricia su piel, suave, lenta y con delicadeza. Disfruto de su olor a caramelo, de su sabor. Me excita comprobar cómo a un solo toque de mi piel su cuerpo responde. Ella me pertenece y yo le pertenezco y eso es lo que me gusta saber y sentir. Pensar que alguien que no fuera yo pudiera estar encima suyo me cabrea, me ahoga.

Elimino esa idea de mi cabeza y sigo con mi misión, que no es otra que conseguir elevar a mi Amanda al séptimo cielo.

Gimotea, sé que mi lenta ascensión la tortura, pero también sé que le gusta esa tortura, esa espera. Soy consciente de que saborea cada segundo de placer y excitación que le regalo.

Cuando llego a su centro de placer y mi pelo roza su monte de Venus, de sus labios se escapa mi nombre y a mí me suena a melodía, no sé por qué, pero oír mi nombre de sus labios siempre me ha parecido algo hermoso, tan hermoso como ella.

Soplo encima de su abertura, se retuerce, sé lo que necesita y se lo daré, pero a su debido tiempo.

Mientras mi lengua recorre sus ingles y mis manos ascienden lentamente bajo su camisón en busca de mi tesoro, ese pezón con una mariposa tatuada que es solo mía.

Sé que soy egoísta, pero cuando nació Irene y me dijo que no la amamantaría me gustó la idea de sentir que solo mi lengua sería la que saqueara sin piedad ese pezón.

Aunque no lo veo, pues mi cara está en otro lugar, me lo conozco de memoria por lo que con la yema de los dedos recorro el contorno de mi mariposa azul.

Siento cómo se retuerce debajo de mí y decido ascender un poco más hasta llegar a su ombligo, con mi lengua dibujo espirales mientras noto cómo su piel se eriza desbordante de excitación.

Cuando menos se lo espera, de un movimiento rápido, me desprendo de su camisón y en otro movimiento me quedo tumbado y la siento a ella sobre mi boca. Ese es el momento que esperaba con locura. Esa es la recompensa por haberme dejado hacerle una tortura lenta y delicada. Con mis manos la abro y dejo espacio a mi lengua para entrar en su interior.

Un gemido se escapa de mi boca cuando mi lengua siente su calor y su sabor. Un sabor que reconocería donde fuera. Un sabor que lleva el nombre de Amanda. Ella se mueve sobre mi boca en busca de su propio placer, mientras que yo lengüeteo y juego con su clítoris. Noto que cada vez respira con más dificultad y siento cómo su interior se contrae, presionando mi lengua. Por eso sé que un orgasmo está abriéndose camino.

Mis manos cogen sus pechos y los masajean, los aprietan sin piedad al ritmo que ella alcanza un orgasmo que será el preludio de una explosión final cuando por fin esté dentro de su cuerpo.

Momento que no tardará, estoy a punto de explotar, ya me cuesta concentrarme para no irme con ella en un orgasmo arrebatador.

Ella grita y gime de placer mientras me ofrece un orgasmo que lleva su sabor y mi nombre.

Cuando los últimos espasmos de su orgasmo recorren su cuerpo, la muevo con maestría y apoyo sus rodillas en el colchón, le abordo por detrás, está caliente, resbaladiza y mi miembro entra y sale sin dificultad. Acerco mis labios a su lóbulo de la oreja y le soplo, le mordisqueo mientras le susurro:

—Eres mía, solo mía. —Noto cómo mi frase la excita, la transforma.

Siento su calor, su poder sobre mí y siento esa sensación de plenitud que me llega cuando estoy dentro de ella. No hay momento en el mundo que lo supere.

Amanda se pega a mí y busca profundidad, sé lo que quiere y por eso comienzo a moverme aprisa, dejando que mi miembro llegue lo más dentro posible. Proporcionándole embestidas de placer. Momentos de locura previos al orgasmo definitivo.

Un sonido gutural sale de mi garganta en forma de gemido, noto cómo mi semen se concentra en la misma punta y me pide permiso para brotar. No le concedo ese permiso pues me concentro y retengo esa salida para alargar más el momento de estar dentro de Amanda.

Oigo su respiración acelerada, sus gemidos de placer que me indican que su orgasmo llega con fuerza sin posibilidad de parar.

Y en ese momento, cuando ella grita mi nombre, yo me dejo ir, me desprendo de todo mi ser y vacío en ella lo que soy, porque yo sin ella no soy nada.

—Feliz Navidad, cariño —me susurra ella.

—Feliz Navidad, amor —contesto.

—Espero te haya gustado mi regalo de Papá Daniel —digo mientras una sonrisa pícara invade mi rostro y la aprieto entre mis brazos. La siento sonreír, sé lo que piensa. Alargo la mano y cojo la cajita que he dejado en la mesita al llegar.

—Este es mi verdadero regalo. Ábrelo, sé que te gustará. Lo vi y supe que era para ti.

Su sonrisa ilumina mi rostro, me divierte como se emociona cuando recibe algún regalo. Sus manos temblorosas rompen el papel, abre la caja al mismo tiempo que sus ojos al ver su contenido.

Hace un mes, en uno de los turnos, nos tocó ir a una joyería por un intento de robo y en cuanto vi ese colgante supe que era su regalo de Navidad. Aquellas esposas unidas por una mariposa era lo que mejor nos identificaba. Por eso no lo dudé ni un minuto, del cuello de Amanda debía prender ese colgante.

—¡¡¡Daniel!!! Cariño, es precioso. ¿Me lo pones?

Aparto su pelo y mientras lo coloco aprovecho la ocasión para que mis dedos acaricien su cuello. Sonríe y se lanza sobre mí. Me come a besos, yo la abrazo con fuerza y busco su boca. Uno mis labios a los de ella y mi lengua la saquea. Recorro cada rincón y me empapo de su sabor.

Mi parte baja comienza a resucitar y no lo dudo, sin aviso me cuelo otra vez en su interior pero esta vez me muevo lento, tranquilo, saboreando cada momento en el que la abandono y la vuelvo a encontrar. Paso así un largo rato y cuando el orgasmo llega a mí, ella me acompaña, los dos juntos jadeamos unidos en un mismo placer, en un mismo sentimiento. Y es así, sin ni siquiera yo salir de ella, como nos quedamos dormidos.

Estoy sumido en un profundo sueño y noto una manita que me roza, que me acaricia tímidamente la cara. Sonrió y lentamente abro los ojos, me sorprendo, Irene está ahí de pie en nuestra habitación.

Con disimulo me despego de Amanda, ella se remueve y ronronea.

—¿Qué pasa cielo? —le digo sonriéndole y perdiéndome en esa mirada llena de inocencia.

—Papi, estás tonto, ¿qué va a pasar?, que es ¡Navidad! Y quiero saber si ya ha venido Papá Noel.

Yo sonrío al recordar la noche con su madre y le contesto:

—Creo que sí cielo, anoche al acostarme escuché ruidos.

—Levántate y vamos a ver qué nos ha traído.

—Está bien señorita impaciente, pero no sé si te habrás dado cuenta de que no llevo pijama y no quiero salir desnudo y que la tía Pat me pille así junto al árbol.

—Pues vístete y acostúmbrate a dormir en pijama como hacemos todos. ¡Qué asco! No sé cómo os puede gustar dormir así.

Suelto una carcajada tan grande que Amanda se despierta.

Nos vestimos y pasamos por el cuarto de Manuel, pero como está dormido mejor lo dejamos y así disfrutamos del mágico momento con Irene.

La miro orgulloso caminar por el pasillo con su bata de cenicienta y sus dos coletas despeinadas. Como siempre que está contenta va dando saltitos. Llega a la puerta de la sala y se para, asoma la cabeza, mira y se gira hacia nosotros con cara de pocos amigos. Yo miro a su madre que me sonríe cómplice. Nuestra hija acaba de ver la enorme flor en el comedor y ni rastro de regalos.

—¿Qué pasa princesa?, ¿algún problema?

Ella me mira con inocencia y muy enojada.

—Algún problema no, muchos problemas. ¿Tú estás seguro de que el Papá Noel al que le entregué mi carta era el auténtico?

—Claro que sí, cariño —le contesto conteniéndome la carcajada, miro de reojo a Amanda que está peor que yo, apunto de delatarnos. La miro y trato de decirle que no se le ocurra ser una traidora y que calle hasta el final.

—¡Maldito impostor! —dice Irene enfadada y desilusionada.

Me da pena por lo que está pasando.

—Pues no nos ha dejado una flor gigante en medio del salón y se ha llevado todos los paquetes.

—Eso es imposible, cielo —le digo mientras pongo mi cara a su altura—. Papá Noel nunca haría algo así.

Veo cómo sus ojos se llenan de lágrimas y decido que ya es el momento de que descubra la verdad. Por eso cojo su mano y me levanto.

—Anda, vayamos, seguro que todo tiene una explicación.

Me asomo al comedor con ella cogida a mi mano y Amanda siguiéndonos los pasos. Entramos y allí está la flor tal y como la coloqué anoche.

—Ves papi, una flor muy grande, pero ni rastro de regalos.

Amanda se nos acerca, se arrodilla a su lado y con su dulce voz le dice:

—Cariño, en ocasiones las cosas no son lo que parecen. Y hay que ver más allá para encontrar lo que uno busca.

Veo que Irene la mira perpleja, pero atenta como siempre que su madre le habla.

—Mami, pero yo miro más allá y solo veo la mesa y un sofá —le contesta mi niña haciendo pucheros.

Me acerco, me arrodillo también para que así los tres estemos a la misma altura.

—Irene, vamos a buscar por debajo de esos pétalos, seguro que algo encontramos.

Veo su mirada ilusionada reflejada en la mía y noto cómo su mano tira de mí para que juntos comencemos la búsqueda.

Miro a Amanda cuando un grito de Irene invade la sala.

—Aquí, papi, mami. Los tengo, los he encontrado, está lleno de regalos.

Dejo a Irene sacando paquetes y me acerco a Amanda, la rodeo por detrás con mis brazos y beso su cuello.

En este momento un ruido llama mi atención. Me dirijo a la habitación del pequeño Manuel y lo encuentro llorando.

—Shhhhhhhhhhhhh, mi niño, tranquilo, papá está aquí.

Lo cojo entre mis brazos y vuelvo con él a la sala donde su madre y su hermana abren paquetes ilusionadas.

Amanda nos oye entrar y viene hacia nosotros. Toma al pequeño Manuel en brazos y lo acuna.

Yo sonrío, entiendo a la perfección por qué mi hijo deja de llorar en cuanto los brazos de ella lo arropan y sus labios besan su cabecita. Conozco esa sensación de necesidad que sé que tiene de ella y sobre todo la sensación de protección que se encuentra entre sus brazos.

Pat y Álvaro entran en la sala cuando estamos abriendo los regalos.

—Buenos días, dormilones —les digo en forma de saludo.

—Buenos días, madrugadores escandalosos —contesta Pat con una sonrisa.

—¡Tía Pat, tía Pat! Ven, mira lo que me ha traído Papá Noel.

Pat se acerca a Irene, mi hija la adora, con Pat tiene un vínculo especial.

Sabía que el hecho de que ellos no pudieran tener hijos les había unido a mi hija e inconscientemente habían hecho de ella su hija adoptiva. Por eso, Irene pasa mucho tiempo a su lado. Y Amanda y yo estamos encantados, tanto Pat como Álvaro se lo merecen.

Pasadas unas horas estamos aquí reunidos casi todos; Maribel y Hugo, mis suegros y también han llegado Ro, Alberto, Aitana y el pequeño Martín.

Me siento orgulloso de esta gran familia. Juntos hemos pasado momentos muy duros, pero también momentos muy felices.

Noto cómo Amanda se acerca a mí y me acaricia la mejilla.

—¿Qué piensas, grandullón?

—Pienso en lo orgulloso que estoy de que todos forméis parte de mi vida, en que me gustaría que Sam estuviera aquí.

—Es normal, yo también echo de menos a Julia, pero sé que están siendo momentos duros para ella y que no puede estar aquí. Es difícil de explicar, pero echo en falta su forma de ver la vida.

Cuando oigo esas palabras sonrío, mi mujer no lo sabe, pero aún le queda una sorpresa más por recibir.

Me costó convencerla, y al final lo conseguí, tengo ganas de ver con quién viene acompañada.

Justo en el momento en el que nos disponemos a sentarnos a comer, suena el timbre de la puerta.

Me adelanto a todos hacia la puerta.

Al abrir, ahí está ella. La mujer a la que Amanda adora, son como hermanas y aunque no nos entendemos demasiado, en el fondo también la quiero.

—¡Rubia! —digo mientras ella se tira a mis brazos.

—¿Qué pasa poli? ¿Acaso no me esperabas?

—¿Estás de broma? Sé que no te perderías una Navidad con tus chicas por nada del mundo.

—Luis, te presento a Daniel, el es el marido de Amanda. Un verdadero coñazo, ya estás advertido. —Le comunica entre risas y a mí me hace gracia la cara de asombro que el pobre hombre pone. Imagino que será su ligue navideño.

Julia abre la puerta de la sala y grita:

—¡Seréis tan zorras que habéis empezado a beber sin mí!

Pat, Amanda y Ro se giran asombradas, me miran, miran a Julia y sin creer que esto esté pasando. Las tres estaban convencidas de que Julia no podía venir en Navidades. Ya me he encargado yo de que así lo creyeran, por eso la sorpresa es tal que no saben cómo reaccionar.

En cuestión de segundos todo estalla y las cuatro se abrazan, chillan, saltan y lloran.

Me siento feliz de que mis Chicas Tequila estén juntas de nuevo. Miro a Luis y en el fondo siento pena por él, desconozco el grado de relación que tendrá con la rubia, pero no puedo evitar compadecerlo. Si mis cálculos no fallan no llegan a fallas. Cuando estamos en la comida, Amanda me mira y noto su cara de felicidad, de agradecimiento mientras leo en sus labios un «gracias, te quiero».

Sé que la he hecho feliz. Entiendo que para ella, en estos momentos, que todos estuviésemos reunidos significa mucho.

Mi móvil suena. Me alegro de ver en la pantalla reflejado el nombre de Sam.

—Si me disculpáis —digo mientras me levanto para contestar y hablar con él tranquilamente desde la cocina—. ¿Qué pasa compañero?

—Hola, Daniel, Feliz Navidad.

—Igualmente —respondo con tono seco, aunque me alegro de que llame, no me gusta la idea de que declinara la invitación.

—Siento de verdad no estar allí, pero es mejor así.

—Me da la sensación de que me ocultas información, pero tú decides lo que quieres compartir.

Después de una mínima conversación, no corren buenos tiempos entre nosotros, me despido haciéndole prometer que tenemos que hablar de todo con más calma.

Cuando regreso a la sala, Alberto y Luís están jugando al Monopoli con los niños y Álvaro y Manuel duermen juntos en el sofá. Miro hacia la mesa y ahí están las chicas con su famosa Terapia Tequila. Se las ve felices, unidas. Su amistad es algo que me llamó la atención desde el principio. Es admirable el sentimiento que se tienen.

La tarde transcurre y, poco a poco, nos quedamos solos. Los niños duermen. Amanda y yo estamos acurrucados en el sofá dispuestos a ver la película que tanto nos gusta y que nos recuerda al lugar donde todo comenzó, al lugar donde siempre ansiamos volver.

Mamma Mía es la película que nos transporta a nuestra isla favorita. Cuando ya estamos viéndola noto que Amanda me mira fijamente.

—Gracias —me dice—. Gracias por esta Navidad, por la noche de ayer, por haber conseguido que tenga a Julia hoy aquí, por hacerme sentir afortunada y especial. Te quiero, mi amor.

Oír eso me hace inmensamente feliz, por ella soy capaz de todo y hacerla feliz es mi objetivo en esta vida.

—Amor, sabes que yo también te quiero y tu felicidad es la mía.

Acerco mis labios a los suyos, aguanto la sensación de tocarlos hasta que noto cómo sus dientes mordisquean mi labio inferior. Mis manos vuelan a su cadera y comienzan un ascenso sin demora a sus pechos y a esos pezones que son mi locura y mi perdición. Porque estar dentro de ella es la mejor manera de celebrar la Navidad.



BIOGRAFÍA



Chary Ca nace un 24 de diciembre de 1968. Escritora autodidacta que ha conseguido plasmar en papel las historias que imagina de una manera amena y divertida.

Una mujer que, pasados los cuarenta y en plena madurez, tras un revés de la vida se plantea escribir, un sueño que siempre tuvo pero que nunca vio el momento de poner en práctica.

Una mujer romántica a la que le gusta escribir sobre el amor en todas sus extensiones.


Trabajos publicados:

Quiero Respirar. Editada el 24 de noviembre de 2014. 2ª edición octubre de 2017.

Metamorfosis. Relato perteneciente a la Antología Flechas de Cupido y cuyos beneficios se destinaron a la lucha contra el cáncer de mama. Febrero 2015.

Eres melodía. Relato perteneciente a Un Relato Por Pausoka (Antología Solidaria nº 1), cuyos beneficios estaban destinados a la enfermedad sufrida por Pausoka. Noviembre 2015.

Escala en mi corazón. Relato de la Antología Summer romántico.

500 Maneras. Relato ganador en el I Concurso de Relato corto de Olelibros.com

A través de su objetivo. Editado por Olelibros.com en enero de 2016. 2ª edición en junio de 2016.

No eres un extraño. Relato publicado en la revista Mangata Magazine en diciembre 2016.

30 Mujeres fascinantes en la historia de Valencia. Editorial Vinatea. En marzo de 2017. Como autora del relato Lucrecia Bori.

Julia, besos dormidos. Editada el 24 de noviembre de 2017.


Puedes seguirla en:

Facebook: https://www.facebook.com/charyca

Twitter: @CharyNovelas

Blog: https://labuhardilladelasmariposas.blogspot.com.es





Quiero Respirar

©Chary Ca

Segunda edición: septiembre 2017

Obra registrada en Safe Creative

Código: 1407041380266

Licencia: Todos los derechos reservados


Diseño portada: ©Alicia Vivancos

Maquetación: ©È Finita Ediciones



Queda prohibido reproducir el contenido de este texto, total o parcialmente, por cualquier medio analógico y digital, sin permiso expreso de su autora con la Ley de Derechos de Autor.

Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta obra son ficticios. Cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.









Para mis niñas, vosotras sois mi mejor obra.

Os quiero.


1.



Domingo, 10 de febrero de 2013.



El ruido del despertador empezó a martillear su cabeza. Sabía que la fiesta le pasaría factura, sus amigas eran tremendas y desde hacía un mes sus salidas eran un auténtico desfase.

De camino a la ducha sonrió al recordarlas, le iría bien el agua y un café cargado para despejarse, el día sería duro, los turnos de veinticuatro horas en las urgencias de un hospital siempre lo eran.

Bajó al garaje para coger su coche, un Mini blanco al que le tenía mucho cariño, lo único con lo que se quedó después de que Nando le rompiera el corazón a pedazos. Tenía gracia, él que era cirujano cardiovascular y se ganaba la vida arreglando corazones, había destrozado el suyo de tal manera que era incapaz de saber cuánto tardaría en recuperarse.

Ver a Nando con la residente en su despacho era una imagen que no olvidaría, y el motivo que hizo que tomara la determinación de no saber nada de hombres por una larga temporada. Se centraría en su carrera y se divertiría con sus amigas.

Ese mismo día cogió todas sus pertenencias y abandonó el fabuloso ático en la Ciudad de las Ciencias para volver a su pisito de soltera. Gracias a la recomendación de su amiga Julia, se quedó con él y no le hizo caso a Nando cuando insistió en que lo vendiera. Ella y su idea sobre los hombres. Sonrió al recordarla.

Aquella situación era dura para Mandy, que con tan solo veinticinco años y muy pocas experiencias amorosas, se coló por él como una tonta en su primer año de residencia.

Para ella su carrera había sido su mayor prioridad. Desde muy pequeña la medicina formaba parte de ella.

Nando era ocho años mayor que ella y acababa de ascender, convirtiéndose en adjunto del doctor Méndez, cirujano cardiovascular, justo el año en que ella comenzaba el primer año como residente.

Él era un hombre de pelo negro y ojos entre marrones y verdes. De esos que cuando te miran consiguen que tu corazón se detenga y no vuelva a funcionar hasta que no escuchas de nuevo su voz. Todo el hospital bebía los vientos por él, pero Nando se había fijado en ella por su aire despistado, timidez y esa ternura que la envolvía, y que hacían de Mandy un ser angelical. Ella era una chica de estatura mediana, pelo largo y castaño, ojos color chocolate y una figura delgada que por genética había heredado de su madre, pues no era algo que cuidara demasiado.

Se conocieron hacía ya cinco años y en tan solo seis meses se fueron a vivir juntos. El sonido de un claxon la sacó de sus pensamientos, sacudió la cabeza y centrándose en el tráfico comenzó a tararear aquella canción que tanto le gustaba: “Amiga mía, princesa de un cuento infinito, Amiga mía…” Alejandro Sanz era uno de sus cantantes favoritos.

Al llegar a su plaza de aparcamiento en el hospital, las campanitas del móvil sonaron dentro de su bolso. Por lo visto, las locas de sus amigas se habían despertado y estaban poniéndose al día de lo acontecido la noche anterior.

Al sacarlo del bolso alucinó al comprobar que tenía ochenta y nueve mensajes de WhatsApp que tenía sin leer en el grupo de las Sex. Desde luego sí que les cundía. Pero ellas y sus locuras eran el bálsamo necesario para curar y cicatrizar sus heridas.

De camino al ascensor leyó y rio con todos los mensajes. Al entrar en él, no se dio ni cuenta de que Nando estaba allí, imponente y con ese aroma varonil característico. Al sentir su fragancia levantó los ojos de la pantalla para chocar de lleno con los de él. Aún le afectaba verlo. Necesitaba olvidarlo, que dejara de afectarle… pero trabajar en el mismo hospital lo hacía bastante complicado.

—Buenos días, Mandy.

—Buenos días —contestó con un hilo de voz y mordiéndose la lengua para no decirle que, desde luego, su día había dejado de ser bueno en ese mismo momento.

El silencio se hizo entre ellos, Mandy rezaba para que el maldito trasto subiera lo más aprisa posible y poder alejarse de ese aroma que tantos recuerdos le traía.

Al abrirse las puertas, Nando la cogió del brazo para evitar que saliera.

—Mandy, tenemos que hablar, yo te quiero, déjame volverte a conquistar, deja que todo vuelva a ser como era antes.

—¡Suéltame! No vuelvas a poner tu mano sobre mí y no vuelvas a pedirme una oportunidad. Sabes muy bien que aquel día todo acabó —bramó ella con toda la fuerza y la ira que fue capaz de acumular—. Adiós, Nando.

Salió del ascensor a duras penas, aún le temblaban las piernas y su brazo ardía por su contacto. «¿Cómo podía ser tan tonta después de lo que le hizo?», se reprochó. Tal y como Julia decía, tendría que sacar ese clavo con otro clavo.

Sin entretenerse llegó a su consulta, José ya la esperaba. Su enfermero parecía que vivía allí, nunca conseguía llegar antes que él.

—Buenos días, mi niña, por tu cara se diría que has visto al mismísimo fantasma de la ópera.

—Algo así, José —contestó ella—. ¿Cómo se presenta el día?

—Aún es pronto, a lo largo del sábado se nos llenará el chiringuito como si regaláramos patatas, mi niña.

Le pasó los historiales y se dirigió a llamar al primer paciente mientras Mandy respiraba e intentaba quitarse de la cabeza la imagen de Nando y sus palabras.

El día trascurrió tranquilo, con algún caso grave durante la jornada. A las diez de la noche mientras cenaba enviaba WhatsApp a sus amigas. Ahora que la consulta estaba tranquila aprovecharía para descansar un rato, en urgencias nunca se sabía que podía suceder.

Caminó a la sala de descanso y no pudo evitar mirar hacia el despacho de Nando, su mente se llenó de imágenes de aquel fatídico día de hacía tan solo un mes.


***


Era principios de enero. Su amiga Ro que trabajaba en una agencia de viajes, la convenció para que reservara una habitación en el hotel Spa VILLA GADEA en Altea‐Alicante.

Al terminar la guardia recogería a Nando y lo sorprendería con aquel fin de semana. Aprovechó un parón en la sala de urgencias para ir a descansar. Decidió hacerlo en el despacho de Nando, el sitio era más tranquilo.

Al abrir la puerta del despacho se quedó petrificada, el corazón se le rompió de golpe en mil pedazos y sus pulmones se cerraron impidiéndole respirar.

Allí frente a sus ojos estaba Nando follándose a una residente.

«¡Menudo cabrón!». Lo acababa de pillar follando con esa niñata residente que se cepillaba a medio hospital.

El ruido del móvil al chocar contra el suelo hizo que Nando se percatara de su presencia. Como pudo se apartó de la residente y se subió los pantalones. Para entonces, Mandy había podido hacer llegar aire a sus pulmones y había dado la orden correcta a sus piernas para poder abandonar ese lugar. Justo al salir se tropezó con Andrés, su residente de segundo año, que la cogió antes de que ella cayera al suelo.

—Mandy, ¿qué pasa? ¿De qué huyes así?

En ese momento Nando ya los alcanzó.

—Mandy, por favor, deja que te explique.

Ella miró a Andrés y se dirigió a él con voz alterada.

—Dile que no quiero saber nada de él.

Y sin más se dirigió hacia la cafetería. Pidió un poleo-menta para aplacar las náuseas que le daban pensar en lo que acababa de presenciar.

Andrés llegó hasta ella.

—Mandy, El doctor Figueruelas me dio esto. ¿Si necesitas hablar?

—No, Andrés, gracias. Estoy mejor, déjalo, tenemos que seguir con nuestro trabajo.

Acabó la guardia con toda la dignidad de la que fue capaz, en algún momento los ojos se le llenaron de lágrimas y la rabia la comía por dentro, pero sus niños eran lo primero y por ellos era de aguantar el tipo hasta el final.

A las nueve de la mañana salió del hospital, no sabía dónde ir o qué hacer. Solo tenía una cosa clara, no volvería a casa con él.

Se paró a pensar dónde podría ir y sin darse cuenta estaba en la puerta de casa de su amiga Patricia.

Sabía que ella madrugaba y su novio ese fin de semana estaba en una convención de karatecas, por lo tanto estaría sola.

A casa de Ro no podía ir, era sábado y estaría con Alberto y con la niña. A Julia ni de coña, seguro que aún estaba en la cama con el pibonazo de turno.

Pat desayunaba tranquila mientras disfrutaba de la nueva trilogía erótica que leían todas a la vez. Les gustaba tener su propio club de lectura, y poder comentar y babear con el impresionante protagonista que salía en ellas.

El timbre sorprendió a Pat que tras abrir se encontró a Mandy con la cara desencajada y los ojos rojos de tanto llorar. Soltó un grito ahogado y abrazándola la hizo entrar. La llevó hasta el comedor y la invitó a sentarse en el sofá.

—Mandy, perla, ¿qué pasa? ¿Qué te ocurre?

Ella no podía contestar, lloraba sin poder articular palabra. Pasado un rato, por fin, respiró hondo y pudo pronunciar en voz alta la temida frase.

—Acabo de pillar al cabrón de Nando follándose a la residente.

Al decirlo sintió como si el filo de un cuchillo le cortara las entrañas.

—¡Joder, menudo cabrón! —exclamó Pat—. Pero tú no te preocupes corazón, todo se va a solucionar.

De inmediato tecleo un mensaje en las Sex para una Terapia Tequila urgente, eso era justo lo que necesitaba Mandy. De esa manera, era como las chicas combatían sus heridas de guerra.

A la media hora Ro ya estaba en casa de Pat, por suerte Alberto no trabajaba los sábados y se había podido quedar con Aitana, su niña de tres años.

Diez minutos después, sonó de nuevo el timbre y apareció Julia con su perfecta melena rubia y ondulada.

—Vamos a ver, qué coño es tan urgente para que haya tenido que tirar de mi cama al pibón del stripper que anoche me hizo mirar a Cuenca.

¡Joder, Julia! Córtate un poco guapa —la amonestó Pat.

Al entrar en el comedor, Julia observó alucinada la estampa que había. Pat la miraba con cara de pocos amigos, Ro estaba sentada al lado de Mandy que tenía cara de haber llorado por lo menos doce días seguidos.

—Pero ¿qué coño pasa? —se sorprendió Julia.

—La versión breve; Mandy ha pillado al hijo de puta de Nando follándose a su residente —apuntó Ro.

—¡Cabrón! ¡La madre que lo parió! Te lo dije Mandy… Te dije que ese tío no era trigo limpio. Y tú vas y te enamoras de él como una boba…

—¡Joder! Ya vale Julia. Podrías ser un poco más sutil y tener más empatía —amonestó Pat cabreada y hasta los cojones de ella y sus comentarios fuera de tono.

—Chicas no peleéis… —pidió Mandy.

En verdad no entendía cómo podían ser tan amigas con lo diferentes que llegaban a ser. Pat era defensora del amor y las historias con finales felices. Ro vivía en su mundo ideal con su marido perfecto, y siempre intentaba sacar el lado positivo de las cosas. Y Julia era Julia, una devora-hombres que afirmaba que estos estaban en el mundo para usarlos y tirarlos, y que el amor era una gilipollez que alguien se inventó para llegar al sexo. Ella era más directa y siempre cogía un atajo.

Pero lo cierto es que desde el día que se conocieron en la clase de baile, hacía ya diez años, se volvieron inseparables.

Por aquel entonces, Julia era la profesora de baile en el pub El Patio, donde Ro y Pat asistían como alumnas y Mandy llegó de la mano de su compañero de facultad que en ese momento era el follamigo de Julia. Y fue allí donde, además de aprender a bailar el tango y el chachachá, se fraguó una amistad que había traspasado límites. A día de hoy eran como una pequeña familia que se ayudaban y protegían. Mandy estaba orgullosa de cada una de sus amigas, sin ellas nada sería lo mismo. Porque aunque se enfadaban y discutían por su diversidad de caracteres, siempre acababan abrazándose y unidas.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Ro.

—¿Cómo que qué piensa hacer? Lo primero cortarle los huevos y preguntarle después.

Todas rieron con la sugerencia de Julia, había llegado el momento de la Terapia Tequila.

Después de cuatro tequilas, Mandy se encontraba más animada, les hizo saber que ese mismo día cogería sus cosas del ático de Nando y se mudaría a su antiguo piso.

—¡Esa es mi guerrera! —gritó Julia, y todas rieron y bebieron.


***


Daniel terminó de acostar a Hugo, no había pasado un buen día, estaba resfriado y le costaba bastante respirar.

Abrió una cerveza y se sentó en el sofá. Dio un sorbo mientras pensaba en cómo se le había complicado la vida.

Él era un policía nacional enamorado de su trabajo. Siempre quiso ser policía, había trabajado duro para superar las pruebas de acceso y conseguir su plaza.

Él y su hermano estaban unidos, tenían las mismas pasiones; ser policías, las motos y las mujeres. Lo cierto era que a su hermano lo engancharon bien enganchado y desde que se había casado y nacido Hugo, su sobrino, las motos y las mujeres pasaron a un segundo plano.

En agosto haría un año de la tragedia. Todo cambió durante una redada para detener a uno de los traficantes de droga más importantes de la costa alicantina. Su vida se transformó al ser víctimas de una emboscada, en la que su hermano resultó muerto y su cuñada herida de gravedad. Por eso, mientras la madre de Hugo siguiera en coma, Daniel tenía que hacerse cargo del petardo de su sobrino.

No entraba en sus planes cuidar de un niño de siete años, pero no tenía otro remedio. Ese niño era su familia, su debilidad y lo único que le quedaba.

No estaba solo, contaba con su vecina Antonia, una señora mayor, viuda y muy amante de los niños, que le ayudaba con Hugo cuando estaba de servicio.

Seis meses sin echar un polvo era demasiado tiempo. Solo trabaja y cuidaba del niño y tenía que poner remedio a esa situación, pues él era un hombre con una sexualidad activa y tanta inactividad lo mataba.

Esa noche, Mandy estaba de guardia. Era una noche bastante tranquila, por lo que se retiró a descansar un poco y a seguir con la lectura de una de sus novelas, en ello estaba cuando José la llamó al móvil.

—¿Sí, dime? —contestó Mandy a la llamada.

—¡Mi niña, corre! Tenemos una urgencia de extrema gravedad, un niño de siete años que boquea como un pez.

—¿Le has puesto el pulsioximetro?

—Se lo ha puesto Andrés. No cogía señal, no debe llegar al ochenta por ciento, no me gusta nada el color que tiene. ¡Corre!

Mandy corrió por todo el pabellón del hospital como alma que lleva el diablo. Cuando llegó, el panorama era horrible, el niño estaba de color gris, no le llegaba el oxígeno a los pulmones, tenía una saturación del noventa y nueve por ciento y su residente Andrés ya le había puesto una nebulización de Salbutamol con oxígeno.

—¡No aguantará, Andrés! ¡Ya no tiene casi esfuerzo respiratorio! ¡Rápido! —gritó Mandy—. ¡Tenemos que intubar!

Con los nervios de acero que en esos momentos la caracterizaban, Mandy intubó al niño y lo estabilizó. Después avisó a los intensivistas que a toda prisa lo llevaron a la UCI. Cuando los intensivistas salieron de la sala con el niño, Mandy se percató de que en uno de los asientos había un hombre sentado con la cabeza apoyada en las piernas. Se fijó un poco más y se dio cuenta de que sollozaba. Había llegado el momento de informar a los familiares.

Se acercó a él y, poniéndole una mano en el hombro, le preguntó:

—¿Se encuentra bien?

Daniel levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Él pudo ver la mirada de un ángel y su corazón comenzó a latir más aprisa a cada segundo que la miraba. No era el momento de sentir aquello, estaba claro, pero era lo que sentía. Ella se quedó impactada por sus ojos azules y su pelo moreno alborotado.

—Sí, gracias. ¿Y Hugo? —quiso saber.

—¿Es usted el padre o un familiar del niño?

Daniel asintió con la cabeza.

—El niño está estable. Se lo acaban de llevar a UCI —prosiguió Mandy—. Hugo ha sufrido un episodio de bronco espasmo bastante grave. La dificultad respiratoria que presentaba nos ha obligado a intubarle, ahora tendrá que permanecer conectado a respiración artificial hasta que podamos mejorarlo.

—Gracias doctora —miró su bata y leyó su nombre—. Mandy, no sabe lo que le agradezco lo que ha hecho por él, es un niño muy especial. Por favor, no deje que le ocurra nada, es lo único que tengo.

—No se preocupe, todo irá bien. Se lo prometo. Ahora mi compañero lo acompañará y en unas horas le informarán de la situación de Hugo. Y usted intente descansar, lo necesita.

Mandy se dio media vuelta y se dirigió hasta Andrés para pedirle que acompañara al padre del niño a la UCI. Daniel se quedó mirándola perplejo, aquella mujer tenía algo especial.

Así, sin dejar de pensar en ella, Andrés lo sorprendió al acercarse.

—Señor, ¿me acompaña si es tan amable? Le indicaré.

—Sí, claro —contestó Daniel sin dejar de observar aquella mujer capaz de tambalear su mundo.


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